Barriada obrera de San Benito



Dirección: Calle de San Benito
Localidad: Los Corrales de Buelna
 Google Maps: 43.257131 , -4.063072


Sector:
URBANISMO
Tipo de patrimonio:
Bien inmueble / Urbanismo industrial, vivienda y equipamiento social
Época:
Principios de la década de los años ochenta del siglo XIX

Grado de protección:

Ninguno


Estado de conservación:
Bueno
Información sobre visitas:

Las viviendas son de propiedad privada, por lo que el acceso no está permitido salvo autorización expresa del dueño y/o habitante.





Bibliografía relacionada

AMALLO VILLALVILLA, Manuel Amalio [et. al.]: Los Corrales de Buelna, siglo XX: arquitectura y ciudad, Colegio Oficial de Arquitectos de Cantabria – Consejería de Cultura, Turismo y Deporte del Gobierno de Cantabria, Torrelavega, 2009.

HOYO MAZA, Sara del: El mundo en una fábrica. Historia industrial y social de las Forjas de Los Corrales de Buelna (Cantabria, 1873-1925), tesis doctoral inédita dirigida por la doctora María del Mar Díaz González, Universidad de Oviedo, Oviedo, 2019.

SÁNCHEZ RUIZ, Eugenio: Las formas de intervención de la industria en la dinámica urbana de Los Corrales de Buelna, memoria de licenciatura inédita, Universidad de Cantabria, Santander, 1986.



Descripción del enclave:

En la calle San Benito, al Este de la fábrica de en medio o de La Aldea y en la conocida huerta de la Serna, se encuentra una barriada de ocho viviendas. Estas constituyen el primer bloque destinado a alojamiento de obreros en Los Corrales de Buelna y es que se construyeron para dar acomodo al grupo de técnicos franceses que se trasladaron a la localidad para trabajar en la fábrica metalúrgica instalada en la misma por José María Quijano (1848-1911).

Varios inmuebles, adosados unos a otros y designados, en origen, con los números de gobierno tres, cinco, siete, nueve, once, trece, quince y diez y siete, formaron un conjunto de características similares y que, hasta varios años después, no dispondrían de agua corriente ni de fluido eléctrico. Tenían siete metros ochenta centímetros de frente por nueve metros de fondo y constaban de planta baja y desván, con cubierta a dos aguas. Mientras la buhardilla se presentaba en origen diáfana, el bajo estaba compartimentado en varias estancias, la mayor de las cuales se dedicaba a los usos de cocina y comedor y, por lo tanto, era en la que se desarrollaba eminentemente la vida familiar. En el frente, cada vivienda, y de acuerdo con las teorías que afirmaban que huertos y jardines favorecían una vida sana, desde el punto de vista físico y moral, la creación de un sentido de propiedad y, en consecuencia, la estabilización de la mano de obra, disponía de unos cien metros cuadrados de tierra labrantía destinados a huerta y, en la parte posterior, después de franquear un patio, de un gallinero o pequeño anexo para guardar útiles o ubicar el urinario. En total, las ocho edificaciones tenían mil novecientas veinticuatro áreas delante y tres mil seiscientas cincuenta detrás.

Los materiales y arte utilizados para su construcción fueron los propios de la zona, esto es, mampostería con sillería en esquinas y vanos adintelados, que contrastaba con el enlucido de yeso de los paramentos, y teja árabe. La sencillez del grupo era total, incluyéndose la única licencia decorativa en la fachada principal: dos ventanas flanqueando la puerta de acceso y, en línea, en el tejado, una mansarda rematada en un frontón triangular, que incluía un balcón de forja.

Desde su construcción, el grupo o barriada obrera de San Benito ha sufrido diversas modificaciones, debido a que se ha mantenido en uso a lo largo de las décadas. Aunque estas intervenciones no han desvirtuado el significado del conjunto, sí lo han hecho desde el punto de vista de su aspecto material, por cuanto se han elevado alturas, abierto y ampliado vanos o cambiado algunos cerramientos, entre otras actuaciones.



Reseña histórica:

El nombre de José María Quijano (1848-1911) aparece vinculado, indiscutiblemente, con el impulso industrializador iniciado en Cantabria, en el último cuarto del siglo XIX. Nacido en el seno de una familia de gran prestigio en el valle de Buelna, este licenciado en leyes consagró sus días a la industria metalúrgica, aprovechando un viejo molino harinero heredado en la orilla del río Besaya, para instalar varias máquinas de fabricar puntas de París. A partir de entonces, la capacidad de producir alambre, primero, y la de elaborar acero, después, suscitaron la ampliación del catálogo de manufacturas derivadas de este preciado hilo de metal, así como un rápido crecimiento de las instalaciones de Forjas de Buelna, que quedaron distribuidas en tres núcleos de trabajo, todos ellos dentro de la localidad de Los Corrales de Buelna.

En este recorrido, colmado de avances y de retrocesos, fueron imprescindibles los contactos personales sostenidos dentro y fuera de la provincia y, muy especialmente, la importación de los mayores avances técnicos y tecnológicos en Europa. Y es que, muy pronto, apenas unos años después de iniciarse la fabricación de las primeras puntas de París, hacia el año 1874, el horizonte de la incipiente factoría se vio ampliado, en varios sentidos, ya que la provincia de Santander era incapaz de proporcionar todos los recursos, tanto materiales como técnicos, que se requerían para imprimir a las Forjas de Buelna el ritmo que José María Quijano ansiaba.

De suma importancia fue, a partir de entonces, la conexión establecida con firmas extranjeras, las mismas que respondían con verdadero interés las incontables preguntas formuladas por el corraliego; desde Francia, Alemania, Bélgica y Reino Unido se importaron máquinas de muy distintos tipos, cientos de toneladas de ladrillos refractarios necesarios para la construcción de los hornos de acero, las duelas para el embalaje de las diferentes clases de alambres o el ferromanganeso, por ejemplo. Además, esos mismos países proporcionaron mano de obra experimentada en las nuevas producciones que se fueron implantando paulatinamente en las instalaciones de Los Corrales de Buelna. En ese sentido, la década de los años 1880 fue la más célebre, por haberse acomodado en la localidad varias familias de profesionales alemanes y franceses, peritos en la técnica del trefilado, a quienes, desde las Forjas de Buelna, se les proporcionó un alojamiento confortable.



Autor de la ficha: Sara del Hoyo Maza - 11/6/2021